Ambroise era demasiado orgulloso. Su vanidad era enorme y no aceptaba sus propios errores que lo habían condenado a la bancarrota y la insolvencia. Yo le había cerrado las puertas anteriormente y él estaba dolido y decepcionado conmigo, pensando que yo lo había traicionado, que era una mujer malvada, cruel y ruin, y que estaba disfrutando viéndolo padecer de falta de recursos. Ambroise tardó exactamente una semana entera en llamarme, hasta que al fin timbró mi móvil. Era él.
Como yo había