Esa noche salimos de la fiesta de los Richmond con la intención de pasar inadvertidos, pero fue imposible. Apenas cruzamos la entrada principal, una multitud de paparazzi nos rodeó, cegándonos con los destellos de sus cámaras. Alexander me tomó de la mano con firmeza, protegiéndome, mientras los flashes iluminaban cada paso que dábamos.
—Señor King, ¿es cierto que está comprometido? —gritó uno.
—¿Aurora, por qué dejó de ser la pareja de Alan Harris? —preguntó otro con descaro.
No hubo respuest