Alexander sintió el familiar y potente aroma de jazmín y sándalo envolverlo. El contacto de las manos sobre sus hombros, aunque suave, lo hizo tensarse. Su instinto le gritó el nombre antes de que tuviera que verlo. Se giró abruptamente, el café caliente casi desbordándose de la taza.
Frente a él, Victoria sonreía, su rostro maquillado con precisión de depredadora, sus ojos brillando con una mezcla de seducción y malicia. Estaba vestida con un traje ceñido a su perfecta figura.
— qué alegría v