El silencio que siguió a la tormenta de anoche era tan denso que casi se podía palpar. La furia del cielo se había calmado, pero un nuevo y más siniestro caos se gestaba bajo la superficie.
Yo, me despertaba con una extraña sensación de quietud. La noche de confesiones y pasión con Alexander había dejado mi alma exhausta y feliz, y extrañamente ligera. Sin embargo, en el mundo exterior, la maquinaria de la alta sociedad ya estaba en marcha, girando en torno a un evento que me revolvía el es