Aurora llegó a la recámara después de dormir a Max tarareando suavemente una melodía que el pequeño había repetido toda la tarde. Sonreía. Había sido un día agotador, pero gratificante; ayudar a Melania siempre la llenaba de ánimo.
Cuando levantó la mirada, Alexander estaba de pie en medio de la habitación, sosteniendo su blusa entre los dedos. Su expresión… era inusual. Seria. Contenida.
La sonrisa de Aurora se desvaneció poco a poco.
— Amor… ya llegaste —dijo acercándose a él con suavidad—.