El ambiente en el comedor era una mezcla extraña de intimidad y tensión silenciosa. Alexander se desvivía en atenciones, su mano posada con frecuencia sobre la mía, sus ojos fijos en los míos. Se mostraba tan romántico y atento que sentía mi propio corazón acelerarse, sin entender por qué esta nueva cercanía con él me desestabilizaba tanto. No lograba descifrar ni mis sentimientos ni los suyos, solo sabía que me sentía inexplicablemente feliz a su lado.
Mientras tanto, en la mesa, Richard y Me