—No tienes la culpa de nada —Mateo niega con la cabeza al sentir sus ojos arder por lágrimas que luchan por salir—. Te juro que tú me haces muy bien, lejos está el que puedas hacerme daño —expresa con delicadeza.
—Pero una vez te hice daño —sisea, apretando las manos que Aye tiene alrededor de su rostro luchando consigo mismo para quitarlas o dejarlas donde están.
—Creo que ambos nos hemos hecho daño en algún momento —le consuela.
—Dime qué hacer para recompensar el daño que te causa —Mateo se