—Bueno, bueno —canturrea Marcelo al ver a Mateo sonreír—. ¿A qué se debe esa estúpida sonrisa tuya? —curiosa entrando en su oficina.
—A nada en especial —responde Mateo tratando de ocultar su sonrisa y perdiendo esa lucha de manera considerable.
—No me tomes por idiota —se queja el italiano—. Tienes esa sonrisa de Leonardo Di Caprio gritando “Soy el rey del mundo” en el maldito Titanic ignorando que va a estrellarse contra el jodido iceberg.
Mateo se carcajea ante esa analogía.
—Solo me levante