—¿Que tal si te lo muestro? — preguntó Piero. Su boca se estrelló contra la de ella. Su mundo, su tan ordenado mundo colapsó en ese segundo. Debía hacerla suya. Había ansiado ese momento desde el instante en que ella le sonrió la primera vez que se conocieron. Toda descarada y mandona. Su clienta, la abuela de Alma, dijo que su nieta era un poco difícil, y lo confirmó cuando se conocieron. Ella sería un gran problema. Lo sabía así como sabía que el cielo es azul. Y, efectivamente lo fue. Siempr