No otra vez.
El rubio pisó el acelerador cuando Anastasia comenzó a gimotear.
—N-Necesito… Leo-nidas, por favor…
Él la detuvo de quitarse el sostén, su camisa estaba medio rasgada. Preocupado, atrapó sus manos, las presionó contra sus piernas temblorosas. En el pasado, se habría detenido para hacerle el amor; conocía aquella droga, hacía que la persona tuviera un libido casi insaciable. Pero no podía hacer eso, haría lo correcto.
—No ahora, cariño. Pronto —prometió, con un nudo en la garganta.
El solo pensa