Había perdido.
Anastasia, aun sofocada, sintiendo la necesidad de calmar su calor, tenía la consciencia para saber que quien la sostenía era alguien peligroso, así que, intentó zafarse. Las manos y el cuerpo la apretaron, jadeó, estaba siendo arrastrada. Quería gritar por ayuda, pero no tenía la fuerza en su garganta.
Pensó que era su fin.
Hasta que, de repente, un grito cortó su pánico, y el silencio de la noche.
—¡Suéltala! ¡Suéltala ahora!
Emily y Lucius se congelaron. La mujer, de inmediato, la soltó. Su m