—¿Muerta? —Él dio unos pasos hacia atrás, aparentemente negándose a aceptar esa suposición, su rostro mostraba una mezcla de incredulidad y desesperación.
—¡No puede ser! —exclamó con angustia en su voz. —Mi hija no puede estar muerta.
El oficial de policía intentaba mantener la compostura frente a la desesperación de Gabriel.
—Señor, si esa niña es su hija... Si lo es, puede pasar a recoger su cuerpo a la morgue —le dijo el oficial.
No imaginé en ningún momento que él se preocuparía tanto por