Comencé a desprender capa tras capa de su piel; estaba tan cocida que se deslizaba fácilmente bajo mis dedos.
Ya no quedaba nada del hombre hermoso en el que mis ojos se habían fijado. Esos ojos azules que tanto me hipnotizaban ahora eran rojos, llenos de agonía.
Una vez dije que arrancaría su piel, y eso es lo que estoy haciendo ahora. La sangre cubría todo a mi alrededor y, con más ansias, rascaba su carne. Su cabeza, ya sin cabello, mostraba su cráneo cocido.
Mientras más capas de piel arran