Las siete de la mañana. La neblina de Connecticut se aferraba al asfalto como un sudario gris, ocultando las intenciones de los que se atrevían a transitarla. En el interior del coche de Lucas, el silencio era una cuerda tensada hasta el punto de ruptura. Ava miraba por la ventana, con el perfil rígido, sintiendo todavía el eco de la mano de él entre sus piernas durante la cena de la noche anterior. Lucas, por su parte, conducía con una calma gélida, sus manos enfundadas en guantes de cuero neg