La salida del hospital fue una tranquilidad para Leila.
El aire purificado del interior, impregnado de ese olor a antiséptico y a falsas promesas, se transformó de golpe en la brisa fresca de la noche en cuanto cruzó las puertas automáticas de vidrio.
Caminó a paso rápido, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mejilla aún escociéndole por el impacto del golpe de Teresa, buscando con la mirada la silueta familiar del vehículo negro.
Con Chris esperándola al otro lado del estacionamiento