La respiración de Leila se agitó de golpe, convirtiéndose en un sonido sordo y rítmico que parecía retumbar en las paredes del despacho.
El aire acondicionado del hospital, antes gélido, ahora se sentía pesado, casi sofocante.
Observó con una mezcla de horror y fascinación cómo Mike se levantaba lentamente de su silla de cuero, rodeaba el gran escritorio de caoba con pasos felinos y cruzaba la habitación con una parsimonia aterradora.
Sin apartar los ojos de ella, extendió la mano y pasó el