Leila bajó del coche con el corazón latiendo a un ritmo acelerado.
Aprovechando un momento de confusión en la entrada principal, donde el guardia de seguridad se encontraba completamente distraído atendiendo una acalorada queja de un conductor en la zona de ambulancias, le resultó sumamente fácil deslizarse por las puertas automáticas de vidrio.
Caminó con paso firme y la cabeza baja, cruzando los pasillos de baldosa blanca que olían a antiséptico hasta llegar al ascensor que la transportaría