El alarido de Leila desgarró el silencio de la sala con la furia de una herida abierta.
La realidad se volvió glacial, rígida y despiadada en una sola fracción de segundo.
La niña yacía sobre el sofá con los ojos entornados y la boca apenas entreabierta, sumergida en una inmovilidad impropia de sus cuatro años.
Los labios de Emily, teñidos de un violeta apagado y pálido, presagiaban el abismo de un paro cardiorrespiratorio que consumía con voracidad las últimas reservas de oxígeno en sus tej