El sol de la tarde brillaba con intensidad sobre el club de golf de Iván, iluminando el campo con un tono dorado que contrastaba con el verde impecable del césped.
Enzo y Amatista llegaron juntos, como siempre, aunque esa vez llevaban las huellas evidentes de lo que había sucedido la noche anterior.
Marcas en la piel.
Rastros apenas visibles en sus cuellos y muñecas.
Una tensión velada en sus movimientos.
Pero ninguno de los dos se esforzó en disimularlo.
Amatista bajó de la camioneta con elega