La noche envolvía la mansión como un manto oscuro, susurrando silencios que pesaban más que cualquier palabra. Amatista dormía profundamente, exhausta de tanto llorar. Su rostro, usualmente radiante, ahora se escondía en la penumbra de una tristeza que apenas comenzaba a procesar. Enzo la observaba desde la penumbra de la habitación, su corazón encogido al recordar las lágrimas que ella había derramado en sus brazos. Cada sollozo había sido un puñal que lo atravesaba, avivando un odio visceral