Amatista despertó lentamente, notando la suavidad de las sábanas que la rodeaban. A su lado, Enzo ya había despertado, estaba sentado en la cama, apoyado contra el respaldo, observándola en silencio. No hizo ningún movimiento, solo la miraba con una expresión profunda, como si quisiera decir algo pero no supiera cómo.
—Buenos días, gatita —dijo Enzo, su voz suave, casi cautelosa.
Amatista le respondió con un murmullo de buenos días, aunque su tono aún reflejaba una cierta distancia. Con una lev