El tiempo avanzaba implacable en la mansión Torner, donde el silencio de los grandes pasillos solo era interrumpido por el eco de pasos apresurados y los ocasionales murmullos del personal. Daniel Torner seguía sumido en su obsesión por encontrar a Amatista, una hija que apenas había conocido pero cuya ausencia sentía como un peso insoportable en su alma. Sin embargo, su otra hija, Jazmín, no compartía su anhelo y estaba decidida a detener la búsqueda, aunque tuviera que recurrir a métodos cues