Al mediodía, Amatista llegó a la empresa Lune, cargando con una bandeja de cafés para Santiago y Alejo. Al entrar, notó la atmósfera vibrante, el sonido del tecleo en las computadoras y el murmullo de conversaciones que se cruzaban entre los empleados. Con una sonrisa, se acercó a la oficina de Santiago, donde lo encontró revisando unos papeles con Alejo.
—Aquí tienes —dijo Amatista, colocando los cafés sobre la mesa—. El de siempre para ti, Santiago, y para Alejo.
Santiago la miró, agradecido.