El sol brillaba con fuerza mientras Amatista bajaba del auto frente a la mansión Torner. Llevaba un vestido sencillo pero elegante, que se movía suavemente con la brisa. Al cruzar las enormes puertas, la recibió Mariam con una sonrisa cordial, aunque algo contenida.
—Amatista, querida, qué gusto verte —dijo Mariam mientras la guiaba hacia el comedor.
Daniel ya estaba sentado en la cabecera de la mesa, y Jazmín, su hija menor, jugueteaba con una servilleta mientras lanzaba miradas de curiosidad