El sol comenzaba a asomar por el horizonte, iluminando tenuemente la habitación donde Amatista descansaba. Apenas pasaban de las ocho de la mañana cuando el sonido de un golpe suave en la puerta interrumpió el silencio de la habitación. Roque, siempre puntual, se encontraba en el umbral, esperando que Enzo saliera.
Enzo se levantó con cuidado, asegurándose de no hacer ruido, para no despertar a Amatista. El perro, sin embargo, ladró inquieto al ver que su dueño se movía, y Enzo tuvo que calmarl