La luz tenue del amanecer se filtraba por las cortinas del departamento donde Amatista descansaba. El silencio reinaba, solo interrumpido por el leve zumbido del reloj en la pared. Después de horas de sueño inquieto, Amatista abrió lentamente los ojos. Sus músculos resentían el procedimiento al que había sido sometida, y cada movimiento le recordaba la fragilidad de su estado. Aun así, sintió la punzada del hambre y, con cautela, se incorporó.
Se tomó su tiempo para caminar hacia la cocina, sos