ISABELLA
Las sábanas estaban intactas y frías.
Sentí una pequeña punzada de decepción atravesarme el pecho.
Claro. Se había quedado trabajando.
Me incorporé despacio y miré la hora en el reloj de la mesa de noche, era bastante tarde.
Había pasado toda la noche esperándolo como una adolescente idiota. Suspiré y me aparté el cabello de la cara antes de salir de la habitación.
La casa estaba silenciosa, demasiado silenciosa.
Recorrí el pasillo lentamente hasta llegar al despacho. La puerta seguía