La puerta se abrió sin aviso.
El sonido fue seco, breve, pero suficiente para hacerme tensar antes incluso de girarme. Durante una fracción de segundo pensé que era Damián. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, como si ya estuviera preparado para medir cada palabra, cada gesto, después de lo que había escuchado hacía apenas unos minutos.
Pero no era él.
Me incorporé apenas, todavía sentada al borde de la cama, mientras el hombre que acababa de entrar cerraba la puerta con una calma que c