ELENA
Esa mañana ya había comenzado mal, aunque en ese momento todavía no sabía hasta qué punto iba a torcerse.
La sala de juntas estaba llena, como siempre, con ese aire controlado que tanto le gustaba a Emir, donde cada palabra parecía tener un peso calculado y cada silencio estaba perfectamente medido. Yo hablaba de cifras, de proyecciones, de cómo reposicionar la imagen de la corporación después de los últimos movimientos, mientras en la pantalla se sucedían gráficos que nadie cuestionaba d