ISABELLA
El tono de mi madre todavía vibraba en el aire cuando cerré la puerta detrás de mí, y no necesitaba verla para saber que seguía alterada. Su voz, ese filo constante que llevaba años raspando cada parte de mí, permanecía suspendido incluso cuando ella ya no estaba, como si hubiera aprendido a habitar en mi cabeza y a repetirse sin descanso en cada rincón de mis pensamientos.
—¿Por qué está así?
La voz de Damián me sacó de ese eco. Me encogí de hombros con una indiferencia ensayada, como