Cuando llegué a la oficina del presidente de Grupo Castro, la noticia de la adquisición de Carlos ya había llegado a oídos de mi madre. La oficina estaba hecha un desastre: vasos de agua, documentos, el ratón y el teclado estaban tirados por el suelo.
—¡Arrodíllate! —señaló hacia mí con la mano temblorosa, —¡Arrodíllate sobre el teclado!
Sin mostrar emoción alguna, busqué el teclado y, en cuanto lo encontré, me arrodillé sin titubear. Las teclas eran duras, y apenas pasaron unos segundos cuand