Y tenía razón, porque yo ahora sentía esa tortura.
Se detuvo frente a mí, y su presencia me resultaba asfixiante.
Extendí la mano hacia él, y Carlos arqueó una ceja, sus labios curvándose en una sonrisa desdeñosa.
—¿Qué se le ofrece, Sra. Díaz?
La expresión sombría de Carlos en este momento me impedía asociarlo con el hombre que, bajo la farola aquella noche, me había dicho con tanta suavidad: —Olivia, tendrás que llevarme a casa.
Retiré mi mano con incomodidad y me puse de pie por mi cuent