Draven se marchó como había llegado: con arrogancia. Su guardia lo escoltaba por el sendero serpenteante entre los árboles, y su capa ondeaba detrás de él como si el viento mismo le temiera. No miró atrás, confiado en que sus palabras habían surtido el efecto deseado. Sitara lo observó desaparecer, el rostro impasible, los brazos cruzados y la espalda recta como una estatua de piedra.
A su lado, Roan no pudo contenerse más.
—¿De verdad vas a seguirlo? —preguntó con voz baja, pero firme. No habí