—No hay cambios —dijo Alastair esa mañana al reunirse con Calia y Darren junto al pozo. Su voz era grave, frustrada—. A veces duerme, pero cuando despierta… está peor.
Siete días habían pasado desde que llegaron al convento.
El aire en el interior era más ligero, respirable. Habían logrado arreglar techos, llenar estancias de nuevo con vida y limpiar los vestigios del abandono. Sin embargo, en el sótano, el corazón del refugio palpitaba con furia y desesperación.
Aleckey seguía en su forma de l