Las nueve manadas recibieron la misiva marcada con el sello real. Un pergamino elegante, sellado con cera roja y la insignia de la nueva corona. Un lobo negro la había traído hasta la mansión de la manada de los Lobos de Hierro, y Dimitri la desenrolló frente al fuego, con Aria sentada en el diván a unos pasos, inquieta por la seriedad en su rostro.
Sus ojos leían rápido, pero su ceño fruncido fue la primera alarma.
—¿Qué dice? —preguntó Aria, incorporándose un poco—. ¿Es de Calia? —Dimitri no