Cuando el primer rayo de sol se filtró por las cortinas, Aleckey gruñó en su inconsciencia y sus dedos se apretaron levemente alrededor de los de Calia. Su respiración se hizo más profunda y, con un leve gemido de molestia, sus ojos finalmente se abrieron. Parpadeó varias veces, desorientado, hasta que su mirada se posó en ella.
—Calia —su voz era rasposa, cargada de agotamiento.
—No hables —lo reprendió suavemente—. Necesitas descansar.
Él intentó incorporarse, pero el dolor lo obligó a que