En el balcón del ala norte, Aleckey se mantenía de pie, las manos apoyadas en la baranda fría, con su ojo fijo en el bosque que se extendía más allá. El silencio a su alrededor era casi absoluto, salvo por los pasos tranquilos de Andras que se aproximaban desde el corredor.
—¿No duermes? —preguntó el guerrero, cruzando los brazos mientras se detenía junto a él.
—Tampoco tú —respondió Aleckey sin mirarlo.
Ambos quedaron en silencio unos segundos, compartiendo el peso de una calma tensa. El aire