El sudor le corría por la espalda a Calia mientras caía sobre una rodilla, jadeando. Sus músculos ardían, la piel le picaba con un hormigueo persistente y su loba interior, Jezebel, se revolvía, pidiendo salir.
—Una vez más —ordenó la entrenadora, una loba veterana de mirada dura y voz rasposa—. No controles el cambio, luna. Déjalo fluir.
Calia apretó los dientes y se incorporó con esfuerzo. La tierra bajo sus pies olía a savia, sangre antigua y humedad. Sus sentidos estaban más agudos que nun