—¿Sabes algo? —La voz de Gonzalo se clavó en el aire como una piedra lanzada a un estanque quieto.
Mateo alzó la mirada de su café, con los ojos somnolientos. Era temprano, demasiado para comenzar con dramas.
—¿Algo de qué?
—De Clara —espetó Gonzalo, sin rodeos.
El silencio se instaló entre ellos. Un murmullo de platos y cucharillas llegaba desde la barra de la cafetería, pero en su mesa todo parecía detenido.
—Ya te dije que no —respondió Mateo, midiendo sus palabras—. Martina no ha soltado pr