Clara abrió la puerta con la mano aún húmeda por haber fregado los platos. No esperaba visitas. Mucho menos esa visita.
—Don Rafael —susurró, como si su presencia allí rompiera una ley no escrita.
—¿Puedo pasar? —preguntó él, con su habitual voz grave, pausada, casi solemne.
Ella asintió sin responder. Se hizo a un lado y lo vio cruzar el umbral, con esa forma suya de ocupar el espacio, sin levantar la voz ni alzar la barbilla. Era poder en reposo. Años de liderazgo, de guerras empresariales y p