Gonzalo tragó saliva. La besó con lentitud, sin urgencia, como si cada segundo contara. Fue un beso diferente, más suave que los anteriores, más íntimo. Cuando se separaron, él apoyó la frente contra la de ella.
—Me voy a quedar esta noche. Pero no voy a tocarte —susurró—. No aún. No hasta que tú lo quieras de verdad.
Clara cerró los ojos, asintiendo. No por sumisión, sino por entendimiento.
—Entonces quédate —dijo.
Y así lo hicieron. Pasaron la noche en el sofá, abrazados, hablando a ratos, ca