Clara salió unos minutos después, más por instinto que por convicción. Sentía que estar cerca de Gonzalo era como acercarse a una tormenta eléctrica: fascinante, peligrosa y agotadora. Caminó por el pasillo en dirección a su escritorio, pero no llegó muy lejos.
—Clara.
La voz de Fernando la alcanzó como un silbido elegante. Al volverse, lo encontró apoyado con desfachatez en la pared, el nudo de la corbata aflojado y una ceja arqueada como si todo le divirtiera.
—¿Sí?
—¿Tienes un minuto? Me enc