Gonzalo se ajustó el nudo de la corbata por tercera vez desde que había entrado al salón. El traje le sentaba bien —como siempre—, pero hoy sentía que la tela le apretaba el alma. Las lámparas de cristal colgaban como testigos silenciosos, reflejando su cara de impaciencia cada vez que pasaba por un espejo.
¿Por qué estaba ahí? Ni siquiera él lo sabía con claridad. Rafael había insistido con esa mezcla de dulzura y orden que nadie se atrevía a contradecir.
—Es una noche especial —le había dicho