El pub estaba más lleno que la semana pasada, pero de alguna manera, todo parecía girar alrededor de nosotros. La música cambió de nuevo, una bachata lenta que llenaba la sala de sensualidad y suavidad. Apenas la escuché, supe que él no me iba a soltar. Adrián estaba allí, apoyado contra la barra, y cuando nuestras miradas se cruzaron, un escalofrío recorrió mi espalda.
—¿Otra vez tú? —susurré, intentando sonar casual—. Esto se está convirtiendo en costumbre.
—Mm… —respondió, rudo, con su ceja