Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl pub estaba más lleno que la semana pasada, pero de alguna manera, todo parecía girar alrededor de nosotros. La música cambió de nuevo, una bachata lenta que llenaba la sala de sensualidad y suavidad. Apenas la escuché, supe que él no me iba a soltar. Adrián estaba allí, apoyado contra la barra, y cuando nuestras miradas se cruzaron, un escalofrío recorrió mi espalda.
—¿Otra vez tú? —susurré, intentando sonar casual—. Esto se está convirtiendo en costumbre. —Mm… —respondió, rudo, con su ceja arqueada, su mirada intensa—. Supongo que algunas cosas son inevitables. Se acercó con paso firme, esa mezcla de seguridad y provocación que siempre me dejaba sin aire. Antes de que pudiera reaccionar, su mano encontró la mía y me guió hacia la pista de baile. Mi corazón latía con fuerza y sentí que cada músculo de mi cuerpo estaba alerta. —Esta es lenta —dijo, su voz grave rozando mi oído—. Tendrás que seguir mi ritmo muy de cerca. —Puedo intentarlo —susurré, consciente de que mis palabras temblaban. Al colocarnos frente a frente, sentí inmediatamente su calor. Su mano firme en mi cintura, la mía descansando en su hombro, y nuestros cuerpos alineados hacían que el mundo a nuestro alrededor desapareciera. Cada movimiento era un equilibrio perfecto de tensión y control. —Mm… —susurró, rudo y grave—. Mantén tus ojos en los míos. Quiero ver si puedes resistirte a esto. —No sé si puedo —admití, dejando escapar un suspiro mientras nuestras caderas seguían el ritmo lento y sensual—. Esto… es demasiado. —Demasiado para ti, sí —murmuró, arqueando una ceja—. Pero yo… lo disfruto. Cada giro nos acercaba más. Sentí cómo su pecho rozaba el mío con cada paso, cómo su aliento cálido acariciaba mi oído, y cada palabra que susurraba era una provocación silenciosa que me dejaba sin aliento. Era imposible ignorarlo, y cada segundo aumentaba la tensión que ya estaba al límite. —Adrián… —susurré, mientras girábamos en un paso que nos pegaba aún más—. Esto es… demasiado intenso. —Mm… —respondió, rudo y grave, acercando su rostro al mío apenas unos centímetros—. Demasiado, sí… pero creo que puedes manejarlo. Sentí mi respiración entrecortada mientras sus ojos oscuros se fijaban en los míos. No hacía falta que dijera nada explícito; la cercanía, la forma en que nos movíamos, y cada susurro suyo transmitían más que cualquier palabra. Cada roce era medida, provocadora, y sin embargo contenida. —Esto… —dije, tratando de mantener la compostura—. Esto se siente… muy cerca. —Mm… —contestó, rudo y provocador—. Justo donde quiero que esté. Cerca. Muy cerca. Nuestro baile continuó, pegados, cada giro haciendo que mis piernas se estremecieran y mi corazón se acelerara. Cada paso nos acercaba más, y por un instante, sentí que nuestros labios podrían tocarse. La idea era imposible de ignorar, y mi respiración se volvió más rápida, mi mente un caos. —No digas nada —susurró, grave y rudo, apenas rozando mis labios con su aliento—. Solo siente. —Sí… —murmuré, incapaz de apartar la vista de sus ojos—. Siento todo. Era un juego peligroso. Cada vez que nos movíamos al ritmo de la bachata, cada giro, cada roce, cada susurro suyo, me provocaba de una manera que no podía controlar. Él mantenía el límite profesional, pero la tensión sexual implícita era innegable. —Mm… —dijo de nuevo, susurrando cerca de mi oído—. ¿Ves lo que quiero decir con “cercanía peligrosa”? —Lo veo… —admití, sintiendo que mis mejillas se encendían—. Y no sé cómo ignorarlo. —No lo intentes —respondió, rudo, con esa mezcla de provocación y control—. A veces lo imposible es lo más excitante. Sentí su mano deslizarse ligeramente en mi espalda, ajustando nuestra posición para que cada movimiento fuera perfecto. La cercanía era tal que podía sentir cada latido de su corazón, y el roce de nuestros cuerpos era tan intenso que me dejaba sin aliento. —Esto… casi… —empecé, sin poder articular bien la frase—. Casi nos besamos. —Mm… —susurró, rudo y grave, acercando su rostro aún más, sin cruzar la línea—. Casi… pero no lo hicimos. Y eso es parte del juego. Cada segundo que pasaba bailando pegados me hacía más consciente de lo que sentía por él. No era solo deseo; había algo en la manera en que nos movíamos juntos, en su control y provocación, que me atrapaba completamente. Sabía que cada encuentro nos acercaba más, y que la tensión entre nosotros estaba alcanzando un punto que sería imposible de ignorar. —Adrián… —susurré, mientras girábamos suavemente—. No puedo… concentrarme en nada más. —Mm… —murmuró, rudo, con una sonrisa apenas perceptible—. No necesitas concentrarte en nada más. Solo siente… y sigue el ritmo. Nuestros cuerpos se movían en perfecta sincronía, cada giro acercándonos más, cada roce dejándome sin aliento. La bachata lenta y pegada se convirtió en un juego de provocación donde cada susurro suyo en mi oído, cada mirada intensa, me dejaba al borde del límite. Cuando la canción terminó, apenas nos separamos. Sus ojos me miraban con intensidad, y yo sabía que la cercanía, el roce y los susurros habían dejado una marca imborrable. Ninguno de los dos había cruzado la línea, pero la tensión era tan palpable que podía cortarse con un cuchillo. —Mm… —susurró, rudo, mientras me dejaba ir lentamente—. Esto… solo ha comenzado. —Lo sé —contesté, aún temblando ligeramente—. Y sé que será imposible ignorarlo. Mientras lo observaba mezclarse con la multitud, sentí que algo dentro de mí había cambiado. Cada paso, cada giro, cada susurro, cada roce, me había acercado más a él, y sabía que el próximo encuentro sería aún más peligroso y más intenso.






