La habitación está envuelta en penumbra. Las luces de neón del letrero del bar parpadean a través de la ventana sucia, tiñendo las paredes de rojo y violeta.
Lara se sienta en la esquina de la cama, las piernas cruzadas, la espalda encorvada y los ojos perdidos en la nada.
Tiene el cuerpo cansado, el alma hecha trizas y la boca seca de tanto callar. Otra noche, otro cliente, otro pedazo de sí misma que tendrá que enterrar.
La puerta se abre de golpe. Margaret entra con el rostro más maquillad