La casa huele a humedad, a encierro, a descomposición. A pasado.
Lara se sienta en el suelo, la espalda apoyada contra la cama vieja de su madre. Las manos le tiemblan, pero no de frío.
A su alrededor, el cuarto está tal como lo dejó: el espejo roto, el colchón vencido, los frascos vacíos de perfume barato sobre la cómoda. Todo apesta a Margaret. A desesperación y alcohol.
Cierra los ojos. El silencio le trae voces antiguas. Ecos. Puñales que la memoria le clava en el pecho sin piedad.
—Muéstr