El reloj marca las once y media cuando Lara entra en la suite privada del hotel con paso felino, el abrigo negro aún empapado por la llovizna nocturna.
Samuel la espera recostado contra la mesa de mármol, sin corbata, con la camisa desabrochada hasta el tercer botón y una copa de whisky entre los dedos. En cuanto la ve, su mirada se oscurece con deseo… pero también con algo más primitivo: la necesidad de controlarlo todo, incluso a ella.
—Llegas tarde —dice, sin moverse.
—¿Y tú qué vas a hacer