Capítulo 21
Rota y a la vista
No sé cómo llegué a casa.
Después de aquel bochornoso encuentro en la acera —los chillidos de la chica, sus risitas, la multitud de curiosos— mis pies se movían como si no pertenecieran a nadie. Me temblaban las manos, y aún me ardían las mejillas de vergüenza.
Roba-maridos.
Destructora de hogares.
Destructora de familias.
Esas palabras resonaban en mi cabeza como una maldición imborrable.
El portero intentó hablarme, pero no pude responder. Me deslicé por el vestí