Capítulo 36
El mundo estaba en silencio.
No era el silencio que sigue a la paz o al sueño, sino uno que se pega a la piel como una segunda piel. Denso. Distante. Ominoso.
No podía moverme. No podía abrir los ojos. Pero seguía aquí, en algún lugar entre el sueño y la muerte. Atrapado en un cuerpo que no me obedecía. Atrapado en un mundo donde podía oírlo todo, pero no decir ni una palabra.
Y entonces... voces.
Rompieron el silencio como cristales rotos.
«¡Te advertí que te alejaras de ella!», la