La mirada de Damián Blackwood se clavó en la de Emma Rivera con una precisión que no tenía nada de casual.
A Emma le subió una oleada de calor por el cuerpo, no porque lo extrañara ni porque su corazón estuviera celebrando nada, sino por el golpe seco de la memoria.
Era como si alguien hubiera tocado una cuerda vieja dentro de ella y, aunque ya no sonaba como antes, seguía vibrando.
Aun así, su rostro no se movió.